Los principiantes necesitan alrededor de 200 movimientos para resolverlo; yo, 60.
¿Eres un genio?
Por supuesto que no. Creo sinceramente que cualquiera podría hacer lo que yo hago. La diferencia es que yo encontré algo que me apasionaba, practiqué todo lo que pude y mejoré.
¿Cómo te iniciaste en ello?
Cuando tenía unos 13 años me gustaban los trucos de magia, y la magia con el cubo de Rubik se puso de moda, así que quise incluirla en mi repertorio. Encontré vídeos en YouTube sobre cómo resolverlo. Me llevó unos cuatro días aprenderlo porque decidí dar un paso cada día y practicarlo una y otra vez, en lugar de intentar hacerlo todo de una vez. Cuando participé en mi primera competición, unos cinco meses después, tenía una media de 17 segundos [por cubo]. No recuerdo cuánto tiempo dediqué a practicar, pero si no estaba en el colegio, comiendo o durmiendo, probablemente estaba resolviéndolo. Mi madre me apoyó muchísimo. Me decía: “Esto es lo tuyo. Mientras hagas los deberes, puedes practicar todo lo que quieras”.
¿Hay algún truco?
Los colores del centro determinan el color de cada cara. Básicamente, esas seis piezas siempre están resueltas. Se resuelve por capas, no por caras. Hay que conocer cinco o seis algoritmos. Me di cuenta de que si aprendía más, podría acortar el proceso: resolvería de dos a diez piezas a la vez porque conozco un algoritmo que puede resolverlas todas a la vez. Para los principiantes, probablemente se necesitan alrededor de 200 movimientos; para mí, unos 60.
¿Cómo es el entrenamiento?
Hay una práctica pasiva, que consiste en resolver una y otra vez, lo que crea una buena base y te ayuda a aprender a reconocer los algoritmos más rápidamente, pero no mejorarás mucho. Luego está la práctica activa, que consiste en aprender nuevos algoritmos y aplicarlos. A menudo se considera una tarea tediosa, pero a mí me gustaba aprender esos algoritmos.
Combinaste tus dos grandes pasiones, correr y el cubo de Rubik, en la maratón de Londres del año pasado. ¿Cómo fue esa experiencia?
Más difícil que el intento de 24 horas, debido a la logística que implicaba. No podía tener gente corriendo a mi lado, así que tuve que hacerlo de forma autosuficiente. Tenía 600 cubos que envié a amigos cubistas para que los mezclaran, luego los metieron en bolsas selladas de 50 y me los entregaron personas a intervalos de dos millas. Llevaba dos mochilas delante: una estaba llena de cubos mezclados y pesaba unos 10 kg, y cuando resolvía cada cubo lo pasaba a la otra bolsa. Luego, en el siguiente punto de control, me daban 50 cubos nuevos mezclados. Fue divertido.
¿Qué te ha enseñado el cubo de Rubik sobre la vida?
Creo que me ha enseñado la importancia de formar parte de una comunidad, de encontrar tu tribu, un grupo con el que estar conectado. He aprendido la diligencia y la gratificación que se obtiene al tomar un camino menos convencional. Cuando enseño a la gente, les digo que lo primero de lo que hay que darse cuenta es de que tienes que estropear cosas que te ha costado mucho construir, y luego las vuelves a poner en su sitio cuando has resuelto más cosas [del puzzle]. Puede que no te guste esa sensación, pero luego te darás cuenta de que forma parte del proceso. Eso se aplica a muchas cosas [en la vida]. El cubing te enseña a disfrutar del proceso más que del éxito, porque puede que éste ni siquiera llegue. Sólo quiero hacer esto porque sí.